Este artículo pertenece a una serie. El anterior post es éste.
Sin haber hecho pruebas empíricas, parece que la polarización de grupo tiene estadios y grados. Aunque cada individuo puede estar en un estadio diferente, la dinámica del grupo como conjunto es la que manda y la que al final los arrastra o los expulsa por discordancia.
Después de haber visto las características principales en el artículo anterior, podemos ordenarlas secuencialmente y de menor a mayor gravedad. A primera vista, el orden más lógico sería el siguiente:
- Homogeneización cohesiva
- Síndrome de dios
- Argumentación superficial y acotada
- Deformación de la realidad
- Autoafirmación a través del desprecio
- Violencia
Es decir, un grupo de personas de ideología afín se reúnen y empiezan a intercambiar sus puntos de vista. Inconscientemente, y para no sentirse ajenos al grupo, no sacan los argumentos que puedan contravenir o retar las opiniones comunes (1). Como no hay contraargumentos a las tesis del grupo, sus componentes se llegan a creer en posesión de la verdad (2), lo cual hace que sus argumentos sean superficiales y muy limitados (3). Con todo ello, el grupo llega a una visión de la realidad deformada porque no tiene en cuenta el resto de puntos de vista (4).
La mayor cohesión del grupo se consigue en el punto en el que se empieza a atacar a quien consideran que está en el otro extremo de sus opiniones (5). Es importante remarcar que como la visión de la realidad está deformada, ese enemigo no tiene por qué ser tan terrible y, además, suele tener una parte de razón que el grupo polarizado no quiere ver. El ataque no tiene tanto la finalidad de acabar con el enemigo como de autoafirmarse por contraste.
Por último, los componentes de un grupo polarizado que juegan a las cruzadas desarrollan inevitablemente algún tipo de violencia. Puede manifestarse como discusiones acaloradas y fuera de tono o como linchamientos o genocidios (6). Incluso los grupos que se consideran a sí mismos los más racionales pueden tener detrás de sí una enorme sombra de irracionalidad e ignorancia que les lleva a atacar como perros rabiosos o a carcomerse por dentro frente a un «enemigo».
Estas etapas no tendrían por qué sucederse de manera rápida, podrían tardar un tiempo y fluctuar, dependiendo de las circunstancias contextuales, del líder o líderes del grupo y del grado de necesidad de los componentes de autoafirmarse.
Los dos últimos puntos de la secuencia, marcados en rojo, son los que suponen un mayor grado de peligrosidad. Los componentes de un grupo pueden tener una visión de la realidad totalmente irreal y creerse en posesión de la verdad más absoluta, pero al mismo tiempo no ir en contra de nadie ni promover la violencia. Es en el momento en el que se decide luchar contra un enemigo cuando uno debe empezar a plantearse hacia dónde se dirige realmente el grupo, ya que la racionalidad se ha dejado muy atrás.
Pero, ¿dónde empieza entonces el problema? La clave está en el punto (2). Tenemos que ser realistas, ya que en ningún caso podemos pedir a los componentes de un grupo que contradigan las tesis que lo cohesionan, pero en cambio sí que pueden ser conscientes de que nunca estarán en posesión de la verdad y que buscar contraargumentos fuera del grupo, a ser posible con la mayor cantidad de fuentes de contraste y con el máximo rigor, es vital para la solidez y la evolución del grupo. Para ello, es importante una actitud receptiva: la información que reciban no tiene por qué transformar ni hacer peligrar los argumentos, pero sí que pueden suavizarlos y les obligará a perfilarlos y pulirlos con un mayor cuidado.
Estar a favor o en contra de algo supone un estudio y una experimentación profundas, diversas y, sobre todo, sin opiniones previas. Todo lo demás es carne de polarización de grupo.